Treinta y siete y sesenta y dos; eso marcó la brújula con respecto a la altitud en la que me encontraba y todavía no era ni la mitad del camino. ¡Vaya qué buen fin de semana!, como los que trato de compartir aquí.

Este fin de semana tuvo como actividad principal un ascenso a una montaña en el Estado de México, porque, obvio, ando explorando México. Tampoco es que sea diario o cada fin de semana, pero me está gustando y a veces me pregunto por qué no había comenzado antes; pero después digo que los tiempos son perfectos. Al final, uno debe irse construyendo poco a poco y explorando la vida aplicando el principio de observación.
Itinerario rápido: viaje, punto de encuentro, compras previas, cena, desconecte (obvio me volví a desconectar [visité la nothing box, tal vez solo los hombres entenderán]), descanso, preparación de equipo, comida y traslado al lugar. Comenzó el ascenso y bueno…

La presentación del grupo para romper el hielo fue buena, hasta que te das cuenta de que debes decir quién eres y lo cuestionas, jaja; pero también entras en la dinámica de: “ok, bueno, me presento y lo que sigue”. Nombre, edad, comentarios.
Explicaciones previas, entrada en calor y comenzaron las siete horas más complicadas del domingo. Sin experiencia previa a esas altitudes, debo decir que no me ha ido mal; simplemente decidí observar la situación como una sesión de feedback para obtener información, interpretarla, realizar un análisis y generar los planes de acción para lo que sigue (pronto lo sabrán, o no).
- Primera hora: Demandante pero buena. Vas sintiendo cómo reaccionas al medio ambiente y a las condiciones de ascenso; también vas escuchando a los que pueden platicar y subir (yo no desbloqueo eso aún).
- Segunda hora: Todo bien, pero empiezas a cuestionarte un poco, pues tu rutina de los domingos es estable y ¿qué necesidad tienes de estar ahí? Es lo que tu versión cómoda te comenta; ya sabes, esa voz con la que seguramente estás leyendo esto.
- Tercera hora: Tu mente empieza a jugar un papel más importante. Se encarga de gestionar energía, insumos y, sobre todo, el foco que decides tener para afrontar lo que viene, pues te has dado cuenta de que aún estás en la parte baja de la montaña y es una actividad que no llevas mucho tiempo haciendo. Entonces te cuestionas si estás al nivel requerido para poder llegar a la cima; después de todo, la cumbre es cuando te vas a dormir satisfecho y a salvo.
- Cuarta hora: Nos comunican que hay amenaza de tormenta eléctrica y, después de un dilema, los planes parecen cambiar. La comunicación y el momento crítico de toma de decisiones reduce la ventana de tiempo para tomar acción: se decide que debemos comenzar a bajar, la seguridad es primero.

- Quinta hora: Llevamos un poco de tiempo descendiendo. Como el inexperto que soy, doy un paso en falso: mi bota se atora y caigo. Alcanzo a sacar la pierna, pero el tirón que tengo es doloroso. “Me rompí”, es lo primero que pienso; sin embargo, gracias a que saqué mi pierna y no permití que se doblara, bien pude tener solo dolor intenso por un momento. Comienzo a probar si me puedo levantar y caminar, pues nos falta un buen tramo para poder llegar a la base. Finalmente, pude seguir bajando con un dolor leve, pues no soy de goma, jaja, pero no pasó a mayores, afortunadamente.
- Sexta hora: Bajé en neutral, jajaja, y tuve la oportunidad de conocer más acerca del grupo con el que estaba descendiendo. Admirable la vida profesional de cada integrante, pues esta es su actividad secundaria.
- Séptima hora: Finalmente se comienzan a escuchar los ruidos de la base, pues la base está en un parque. Finalmente, algo que damos por sentado, esos ruidos naturales y cotidianos, después de tanto tiempo vuelven a estar presentes. Nos felicitamos porque concluimos la subida y bajada de manera segura y óptima. El grupo está sólido y nos quedamos un poco a platicar; después de todo, debíamos esperar a la otra célula que aún no bajaba.

Gran experiencia.
– Ro